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POST MORTEM

  • Foto del escritor: ugh
    ugh
  • 6 abr
  • 3 Min. de lectura

La carne se me desgarra de los huesos como oración que olvida su dios.


Mi piel ya no sabe habitarme: se desprende, se abre, se entrega a la podredumbre con la obediencia de lo inevitable.


Las uñas se quiebran en su propio lecho, y con cada una se desprende una memoria, un gesto, una promesa.


El cabello cae lentamente, una nevada silenciosa sobre la tumba de lo que fui.


Mis ojos, huecos de todo reflejo, aún buscan la luz que juraron eterna, pero solo encuentran el eco blanco del vacío.


Los huesos, cansados de sostener mi historia, murmuran entre sí que la vida se ha ido,

que el cuerpo es apenas la sombra de una sombra.



Y sin embargo, algo en mí sigue preguntando:


¿Cómo sería eso posible?


Si hace unos minutos abracé a papá, y sentí el latido del mundo entre nuestros pechos.


¿Cómo sería eso posible?


Si hace apenas instantes besé los labios de la vida —mi vida— y ella aún respiraba.


¿Cómo sería eso posible?


Si hace un suspiro corría, ligero, creyéndome eterno, creyéndome dios de mi propio instante.



¿Cómo es esto posible?


¿Cómo es posible?



Me veo fuera de mí, suspendido, como una sombra arrancada de su cuerpo, como un pensamiento que aún no ha aprendido a morir.


Mi carne es un territorio que se deshace, un mapa que ya no conduce a nadie.


Todo lo que fui se dispersa en el aire: la voz, el miedo, el amor, la culpa. Soy la disolución de una plegaria, el temblor de una llama que no entiende por qué aún existe.



Siempre me dijeron que viviera, que amara, que perdonara, como si cada día fuera el último, también que cuidara el cuerpo, que lo alimentara como si quisiera durar cien años, pero nadie me enseñó a morir.


Nadie me enseñó qué hacer cuando el alma empieza a resbalar por dentro de los huesos,


cuando el corazón late sin dueño y el aire se vuelve frontera.


Ahora lo entiendo: la muerte no llega, se derrama, no se siente como un final, sino como una multiplicación del silencio.



Tarde ya.


Tarde ya.


Demasiado tarde.



Dije tantas veces memento mori que creí estar preparado, pero ahora, al verme en este abismo donde ni la voz me pertenece, entiendo que no hay preparación posible para el vacío.


Decía no temerle a la muerte, pero ¿cómo se le teme a lo que no se comprende?


¿Cómo se enfrenta lo que no tiene rostro ni cuerpo?


No quiero morir.


No puedo morir.


Por favor, espíritu, ¿cómo me voy a ir así?



El aire se ha vuelto denso, la realidad se contrae como una herida que respira.


Las sombras me rodean y me llaman por mi nombre, pero su voz no proviene de ningún lugar.


El tiempo se abrió en dos y yo caí entre sus pliegues.


Nada pesa, nada duele y sin embargo, todo duele demasiado.



Dios… si existes, escúchame.


Hipocresía mía, lo sé.


Nunca te hablé, nunca te amé, y ahora, que reclamas mi alma, tiemblo ante tu silencio.


Te pido misericordia con los labios que nunca te nombraron.


Qué ironía tan cruel: negarte en vida para suplicarte en la muerte.


Qué hipocresía la mía, pero qué injusticia la tuya.



Mi hijo aún no nace, apenas palpita, apenas existe.


¿Y tú me llamas a mí?


¿Me borras del tiempo antes de que aprenda a sostenerlo en mis brazos?


Mi hermano tampoco sabrá cuánto lo amé.


Ayer discutimos, y la rabia fue mi último idioma.


Los gritos serán ahora mi herencia.


Nadie enseña que la última palabra puede ser una herida.



Oh, muerte…


tienes la dulzura terrible del fuego.


Vienes vestida de calma, me tocas con dedos que parecen piedad, pero detrás de ti todo se disuelve. Eres el beso que no devuelve al que besa, eres el hogar que se incendia sin sonido, eres el espejo donde el alma se mira y no se reconoce.


El cuerpo se abre, la sangre canta su última canción. Los órganos, como flores tristes, se marchitan en silencio y en medio de todo ese festín de polvo y abandono, mi conciencia sigue despierta, latiendo como un faro que no sabe que el mar ha muerto.



El mundo gira, pero ya no pertenezco a él.


El sol me atraviesa sin verme, la tierra me niega su peso. Soy un intervalo entre el ser y la nada,


una respiración atrapada en el umbral.



Y, sin embargo, algo en mí insiste.


Una chispa, una voz, un temblor.


¿Será esto lo que llaman alma?


¿O es solo la memoria del cuerpo resistiéndose a desaparecer?



Padre, si existes, no me borres todavía.


Déjame ser bruma, sombra, suspiro en la garganta del universo, pero no me anules del todo, no me arrebates el milagro de sentirme, aunque sea vacío.



Porque aún aquí, entre el polvo y la eternidad,


todavía amo.


Todavía temo.


Todavía soy.



Y eso —aunque nadie lo recuerde—


debería bastar para seguir existiendo.


-ElurruG

 
 
 

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